Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
Ilustración: Composición GEC
El día de mañana va a ser una jornada de decepción para la gran mayoría de candidatos presidenciales. De los 35 que pugnan desde hace meses por ganarse un cupo para la segunda vuelta, 33 quedarán fuera y preguntándose en qué momento su segura carrera hacia el poder se descarriló y los dejó bailando sobre un estrado desierto en disfraz de médico brujo y con el pelo teñido de un negro imposible. Porque, aunque nosotros sepamos que no, todos ellos creen que su marcha hacia Palacio es inexorable. O por lo menos lo creyeron hasta que las encuestas –esos instrumentos del diablo que se empeñan en contradecir a los terraplanistas electorales– empezaron a traerles noticias ingratas sobre lo que sucedía allá afuera, lejos de la atmósfera feérica de sus comandos de campaña. Paradójicamente, sin embargo, algunos de esos candidatos van a ser presa del desencanto por la razón inversa. Esto es, porque en determinado punto de la competencia los sondeos les mostraron que habían dado un brinco en la intención de voto ciudadano y entonces, con la hinchada autoestima que suele caracterizar a quienes se enredan en estos afanes, sintieron que la banda embrujada comenzaba a materializarse sobre su pecho y se pusieron a repartir ministerios… Olvidaron, claro, que los brincos producen solo elevaciones efímeras (‘hipos’ es como se las llama en estos menesteres estadísticos). Y, sobre todo, que el electorado peruano es cruel por naturaleza. Vale decir, que su adhesión a las postulaciones que surgen en el camino es veleidosa y que disfruta encumbrando a fulanos ahítos de ambición y pompa por un breve instante, para luego hacerlos rodar sobre el polvo. Una afición que, a juicio de esta pequeña columna, responde a un cierto espíritu de venganza.
El día de mañana va a ser una jornada de decepción para la gran mayoría de candidatos presidenciales. De los 35 que pugnan desde hace meses por ganarse un cupo para la segunda vuelta, 33 quedarán fuera y preguntándose en qué momento su segura carrera hacia el poder se descarriló y los dejó bailando sobre un estrado desierto en disfraz de médico brujo y con el pelo teñido de un negro imposible. Porque, aunque nosotros sepamos que no, todos ellos creen que su marcha hacia Palacio es inexorable. O por lo menos lo creyeron hasta que las encuestas –esos instrumentos del diablo que se empeñan en contradecir a los terraplanistas electorales– empezaron a traerles noticias ingratas sobre lo que sucedía allá afuera, lejos de la atmósfera feérica de sus comandos de campaña. Paradójicamente, sin embargo, algunos de esos candidatos van a ser presa del desencanto por la razón inversa. Esto es, porque en determinado punto de la competencia los sondeos les mostraron que habían dado un brinco en la intención de voto ciudadano y entonces, con la hinchada autoestima que suele caracterizar a quienes se enredan en estos afanes, sintieron que la banda embrujada comenzaba a materializarse sobre su pecho y se pusieron a repartir ministerios… Olvidaron, claro, que los brincos producen solo elevaciones efímeras (‘hipos’ es como se las llama en estos menesteres estadísticos). Y, sobre todo, que el electorado peruano es cruel por naturaleza. Vale decir, que su adhesión a las postulaciones que surgen en el camino es veleidosa y que disfruta encumbrando a fulanos ahítos de ambición y pompa por un breve instante, para luego hacerlos rodar sobre el polvo. Una afición que, a juicio de esta pequeña columna, responde a un cierto espíritu de venganza.
Ilustración: Composición GEC
–El sabor de la semana–
Los electores de la melancólica comarca que habitamos, en efecto, no serán lectores de Dante, pero igual abandonan toda esperanza al llegar a las puertas de ese infierno que es la cámara secreta. Ellos, en su mayoría, han endosado en tantas ocasiones su respaldo a quienes prometían cambiarlo todo para después dejar las cosas intactas o peor de lo que estaban, que ahora no creen realmente ni en los ‘outsiders’ ni en los ‘anti-establishment’. Su experiencia les enseña que, nada más acomodarse en el sillón presidencial, ellos se transforman en aquello que antes vituperaban con amargura. En consecuencia, nos tememos, el sufragio se convierte simplemente en un acto de desfogue. En una manera de poner en el trono a la peor pesadilla de quienes ostentan en ese momento el poder con soberbia… para luego repudiar también a estos nuevos ocupantes del trono y castigarlos en los siguientes comicios. La jornada electoral resulta así un día de furia, y los sondeos y simulacros, los ensayos generales de lo que ocurrirá en ella. Frente a sus interrogadores, los encuestados juegan a levantar al iluso de turno por unos días y después lo observan derrumbarse con malévola complacencia. Esos postulantes son algo así como “el sabor de la semana”, pero en medio de sus devaneos de grandeza son incapaces de comprenderlo. El hipo que los tuvo como protagonistas les crea un complejo de ganadores que, a la larga, hace más humillante la magra cosecha que recogen en las urnas y provoca pataletas tras la derrota. Algo de eso tendremos sin duda a partir del lunes.
Mientras tanto habrá que aguardar para ver a quién pesca el domingo en pleno hipo y rogar que, para la segunda vuelta, el inconsciente que anida en cada uno de nosotros no insista en encumbrarlo por el solo placer de verlo caer más tarde víctima de su propia vileza.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.